Cuando era chico, no entendía la importancia de vivir sin cagar
a nadie.
(Y pensaba qué suertudos eran los hijos de la gente de los diarios,
esos que llegan porque sí).
Después vi trabajar a mi papá.
Militante convencido de que nadie te regala nada.
Alérgico al hijodeísmo y opositor férreo de la biocorrupción.
Adicto a poder mirar al otro hacia los ojos.
A dormir tranquilo por las noches.
¡Me equivoqué otra vez!
Suertudos sus hijos
(y espero, mis hijos).
Quienes heredamos las botas sucias,
pero el apellido limpio.

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