Las paltas y los fénix podrían ser eternos, ambos
(pero de distinta manera).
Los segundos nacen de sus propias cenizas épicamente.
Debe ser entretenido ver vivir de nuevo al fénix
aleteando su arrogante seguridad,
presumiendo sus violentas llamas
y resaltando la inexorable majestuosidad de sus cicatrices.
Las paltas, no
no revivimos, renacemos.
(O no).
Para nosotras renacer es una construcción histórica
sustentada en el amor.
Ese, de quien elige no matarnos para siempre
hundiendo innecesariamente su cuchillo
a la mitad de nuestra única semilla.
Nosotras necesitamos de quien no daña porque sí
(que no es poco).
Así como de la decisión tomada para vivir de nuevo algo,
aunque sepamos que literalmente, en el mejor de los casos,
solo deja un corazón (el nuestro) a la intemperie.
Para renacer, necesitamos que se nos abrace a la tierra
sin mandatos tóxicomorales para obligarnos a nacer.
Necesitamos terriblemente al otro
para que no se nos deprede en el superficial gusto de mordernos
un viernes a la noche porque sí.
Para no permanecer en la muerte,
necesitamos de alguien que se acerque a regarnos cotidianamente.
Aunque crea que no quiero ni lo necesite,
ni te conteste los mensajes,
¡regame!
Porque al fin y al cabo,
necesitamos de quien nos quiere ver crecer,
sin tajearnos a merced de sus gustos más estéticos.
Para no volver a la muerte,
necesitamos de quien nos ayude a echar raíces en la vida.
(Otra vez, sí).
Para salir de la muerte, necesitamos otra vez amor
(aunque él nos haya matado).

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